Localizar información específica e inferir opiniones y actitudes en cuatro textos personales sobre un mismo tema. 10 enunciados para relacionar con los textos A–D.
Claves
Un mismo texto puede corresponder a varios enunciados; alguno puede no usarse o usarse poco.
Se evalúa inferir actitudes y sentimientos, no solo localizar datos.
Estrategia paso a paso
Lea los 10 enunciados y anote palabras clave; después lea cada texto y marque qué enunciados trata.
Antes de decidir, compruebe que ningún otro texto dice lo mismo.
Trampas habituales
Dos personas hablan del mismo tema (p. ej., repasar), pero solo una cumple el detalle exacto (un momento fijo del día).
El enunciado invierte lo que dice el texto (empezó con ilusión ≠ empezó viéndolo negativo).
Ejemplo resuelto
«¿Quién estudia por motivos familiares?» → la persona cuyo nieto vive en Alemania, no la que tiene hijos pero estudia por su empresa.
Preguntas de ejemplo
Intenta responder antes de abrir la solución.
Pregunta 1
Dificultad fácil≈ 1 min
Tarea 2 · De la ciudad al pueblo
A. Marta
Hace tres años dejamos Madrid y nos instalamos en un pueblo de cuatrocientos habitantes en la sierra. Mi pareja y yo trabajamos en remoto, así que lo único que necesitábamos era una buena conexión a internet, y eso, por suerte, lo teníamos garantizado. Lo que no calculamos bien fue el invierno: hay semanas en las que apenas ves a nadie por la calle y la sensación de aislamiento es fuerte. En verano, en cambio, el pueblo se llena de gente que tiene aquí su segunda residencia. Los vecinos nos recibieron con curiosidad, aunque al principio notamos cierta desconfianza, como si pensaran que nos iríamos al primer contratiempo. Hoy formamos parte de la asociación cultural y organizamos el cine de verano. No me arrepiento, pero a quien se lo plantee le recomendaría pasar primero un invierno entero allí antes de decidir.
B. Andrés
Yo no me fui al campo por elección, sino porque en la ciudad ya no podía pagar el alquiler. Encontré trabajo en una quesería artesanal de un pueblo del norte y, para mi sorpresa, la empresa ofrecía vivienda a sus empleados. El trabajo es duro, porque empezamos a las seis de la mañana, pero me gusta. Al principio lo vivía como un fracaso personal, pero con el tiempo he descubierto ventajas que no esperaba: tardo cinco minutos en llegar al trabajo, ahorro casi la mitad de mi sueldo y he recuperado aficiones como la pesca. Lo que sí echo de menos es la oferta cultural: para ir al teatro o a un concierto tengo que conducir más de una hora. Mis amigos de la ciudad vienen a verme a menudo y siempre dicen que envidian mi tranquilidad.
C. Carmen
Nací en este pueblo, me fui a estudiar a la capital con dieciocho años y volví a los cuarenta, después de separarme. Muchos creen que regresar es fácil cuando uno conoce el lugar, pero no es así: el pueblo que recordaba ya no existía. La mitad de las casas estaban cerradas, la escuela había cerrado y mis amigos de la infancia se habían marchado. Aun así, decidí quedarme y abrir una pequeña tienda de productos de la zona que también funciona como oficina de correos y punto de recogida de paquetes. El negocio no da para mucho, pero me permite vivir. Hoy es uno de los pocos lugares donde la gente se encuentra y charla. Creo que las administraciones deberían apoyar mucho más a quienes intentamos mantener vivos estos servicios.
D. Tomás
Mi experiencia no fue buena, y creo que conviene contarlo. Compramos una casa antigua en un pueblo precioso con la idea de reformarla nosotros mismos. Subestimamos el coste de las obras, que acabaron durando el doble de lo previsto: durante meses vivimos con la cocina a medio hacer y sin calefacción en el piso de arriba. Además, mi mujer, que es enfermera, tenía que hacer cada día casi cien kilómetros para ir al hospital. Los niños se adaptaron enseguida al colegio rural, eso sí, y guardan un recuerdo precioso de aquellos años. Pero al final volvimos a la ciudad. No culpo al pueblo ni a su gente, que fue muy acogedora; simplemente no planificamos bien. A quien quiera dar el paso le diría que haga números con mucho cuidado y que piense en los desplazamientos diarios.
¿Qué persona terminó abandonando el pueblo?
AA. Marta
BB. Andrés
CC. Carmen
DD. Tomás
Ver respuesta y explicación
Respuesta correcta: D. Tomás
Explicación
Tomás: «al final volvimos a la ciudad».
Marta dice que no se arrepiente y sigue participando en la vida del pueblo, Andrés sigue trabajando en la quesería y Carmen «decidió quedarse» y abrió una tienda.
Pregunta 2
Dificultad media≈ 1 min
Tarea 2 · Cambiar de profesión después de los cuarenta
A. Lucía, 46 años
Durante quince años trabajé como abogada en un despacho de Valencia. Ganaba bien, pero hacía tiempo que el trabajo había dejado de ilusionarme. La repostería había sido siempre mi afición y un verano, casi como un juego, me apunté a un curso intensivo en una escuela de cocina. Al terminarlo supe que no quería volver al despacho. En casa se lo tomaron fatal: mi madre todavía me pregunta cuándo voy a «trabajar de lo mío». Abrí un obrador pequeño con mis ahorros y los dos primeros años apenas cubría gastos. Ahora el negocio funciona, aunque gano menos de la mitad que antes. Lo que no esperaba es que mi experiencia como abogada me resultara tan útil: los contratos con los proveedores y los permisos los gestiono yo sola, sin pagar a nadie.
B. Ignacio, 51 años
Yo no elegí cambiar: el banco en el que trabajaba cerró la mitad de sus oficinas y me incluyeron en un despido colectivo con cincuenta años. Al principio me hundí; estuve meses mandando currículos sin recibir ni una respuesta. Un amigo me animó a sacarme el título de técnico en instalaciones de energía solar, un sector que necesitaba gente. Volver a estudiar con compañeros que podrían ser mis hijos fue raro las primeras semanas, pero ellos me echaban una mano con la parte informática y yo a ellos con las matemáticas. Hoy instalo placas en tejados de toda la comarca. Es un trabajo físico y en verano se pasa calor, pero termino el día cansado y satisfecho, algo que en el banco no me pasaba nunca. Eso sí, a quien me pide consejo le digo que no espere a que lo echen para planteárselo.
C. Begoña, 43 años
Fui enfermera durante veinte años y me encantaba mi profesión, pero los turnos de noche acabaron pasándome factura: dormía fatal y empecé a tener problemas de salud. Necesitaba un trabajo con horario fijo, así que empecé a aprender programación por las noches con cursos gratuitos en línea. Tardé casi tres años en conseguir mi primer empleo como desarrolladora, porque las empresas desconfiaban de una candidata sin título de Informática. Lo que me abrió las puertas fue un proyecto personal: una aplicación para organizar la medicación de pacientes crónicos. Una empresa del sector sanitario se fijó en mí precisamente porque conocía bien cómo funciona un hospital. A veces echo de menos el trato con los pacientes, no lo voy a negar. Pero ahora ceno con mis hijos todas las noches, y eso no tiene precio.
D. Fernando, 58 años
Trabajé treinta años como ingeniero en una empresa de automoción y, cuando me ofrecieron la prejubilación, no lo dudé. Pero quedarme en casa no iba conmigo: a los seis meses estaba aburridísimo. Siempre me había gustado la montaña, así que hice el curso de guía de senderismo y ahora acompaño a grupos por el Pirineo los fines de semana. No lo hago por dinero, porque con lo que cobro de la empresa me basta, sino por el placer de enseñar a otros los sitios que conozco. Lo más difícil fue aceptar que todo lo que sabía no me servía allí de nada: en la empresa yo era el jefe, y en el curso era el alumno que más preguntas hacía. Mis antiguos compañeros dicen que estoy loco por madrugar los sábados; yo creo que nunca había estado tan bien.
¿Qué persona perdió su empleo anterior?
AA. Lucía
BB. Ignacio
CC. Begoña
DD. Fernando
Ver respuesta y explicación
Respuesta correcta: B. Ignacio
Explicación
Ignacio: «el banco en el que trabajaba cerró la mitad de sus oficinas y me incluyeron en un despido colectivo».
Fernando también dejó su empresa, pero aceptó voluntariamente una prejubilación («no lo dudé»); Lucía y Begoña dejaron su trabajo por decisión propia.
Pregunta 3
Dificultad difícil≈ 1 min
Tarea 2 · Aprender un idioma en la edad adulta
A. Elena, 52 años
Empecé a estudiar alemán cuando mi hija se fue a vivir a Múnich y nació mi primer nieto. No quería ser la abuela que no entiende lo que dice su nieto. Al principio fui a una academia, pero los grupos eran muy numerosos y el ritmo, demasiado rápido para mí, así que al cabo de tres meses lo dejé. Ahora tengo una profesora particular que viene a casa dos veces por semana, y noto que avanzo mucho más. Además, cuando voy a Múnich intento hacer yo sola la compra, aunque todavía me pongo algo nerviosa. Lo que peor llevo es la pronunciación: hay sonidos que, por más que lo intento, no me salen. Mi nieto, que ya tiene cuatro años, se ríe cuando me equivoco, y la verdad es que a mí también me hace gracia. Mi consejo es tener paciencia y no compararse con los jóvenes.
B. Ramiro, 38 años
En mi caso, el inglés fue una obligación. En la empresa donde trabajo nos anunciaron que las reuniones con los socios internacionales serían en inglés y que quien no tuviera un nivel suficiente perdería opciones de ascenso. Me apunté a un curso intensivo en línea, que sigo cuando puedo, casi siempre de noche, cuando los niños ya están acostados. Mi objetivo es aprobar un examen oficial antes de fin de año, porque la empresa exige un certificado. No voy a mentir: muchos días estoy tan cansado que me cuesta concentrarme. Aun así, ya entiendo series que antes tenía que ver dobladas, y eso me motiva. Lo que más me ha sorprendido es que la gramática, que en el instituto odiaba, ahora me parece lógica y hasta interesante. Supongo que de adulto uno entiende mejor para qué sirve cada cosa.
C. Paula, 27 años
Llevo dos años aprendiendo japonés por puro placer: no lo necesito para trabajar ni tengo previsto mudarme a Japón. Todo empezó con los cómics y la animación, y poco a poco me fui interesando por la cultura. Estudio sola con aplicaciones y libros, y una vez por semana hago un intercambio con un chico de Osaka que quiere mejorar su español. Hablar con él me ha servido más que cualquier manual, porque me corrige expresiones que ningún libro explica. Mi próximo objetivo es leer una novela corta sin diccionario. Eso sí, la escritura es un reto enorme: hay miles de caracteres y, si dejo de repasar unos días, se me olvidan. Mis amigos no entienden por qué dedico tanto tiempo a algo que, según ellos, «no sirve para nada», pero para mí es una forma de desconectar.
D. Jorge, 64 años
Me jubilé hace un año y decidí matricularme en italiano en la escuela oficial de idiomas de mi ciudad. Siempre me habían gustado Italia, su música y su cine, pero nunca había tenido tiempo de estudiar. Además, la matrícula es muy barata, así que no tenía excusa. Lo que más valoro es el ambiente de la clase: somos gente de edades muy distintas y hemos organizado incluso un viaje juntos a Florencia para el próximo verano. Me cuesta memorizar vocabulario, eso no lo niego, pero lo compenso con constancia: repaso todos los días un rato después de desayunar. Mucha gente cree que el italiano es facilísimo para un hispanohablante, y es verdad que al principio se entiende casi todo, pero luego descubres que muchas palabras parecidas significan cosas diferentes, y ahí empiezan los errores.
¿Qué persona advierte de que el parecido con su propia lengua puede llevar a error?
AA. Elena
BB. Ramiro
CC. Paula
DD. Jorge
Ver respuesta y explicación
Respuesta correcta: D. Jorge
Explicación
Jorge explica que el italiano parece facilísimo para un hispanohablante, pero que «muchas palabras parecidas significan cosas diferentes, y ahí empiezan los errores».
Las otras personas estudian alemán, inglés y japonés y no comparan esas lenguas con el español.